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Costilla del cielo
El cielo escancia vino
sobre el amor, y los crepúsculos saborean
las ardientes miradas adolescentes.
Y los dedos púrpuras aman
los cuerpos del ocaso.
Un sol ha muerto con espada de oro;
se bebió el veneno en la sangre
recogida entre las nubes de cereza;
que luego soplan sus nocturnos
de carmín en tus ojos,
blancos en las estrellas de la noche.
Yo toco tus huesos sobre la luna,
que derrama
los copos de leche de su luz
en el tibio y dulce mármol de tus brazos.
Y el alba de suntuosos brillos extiende
el oro de su perfume
en la opulencia delicada del curvo cutis.
De la bella costilla
que se ha elevado a mujer…
Un beso mío está temblando en sus dedos;
ellos despojan, cálidos, a mi alma
de las corpóreas pasiones:
Las estrellas miran; leo en sus senos
las viñas de la tarde;
escucho en la piel amada
los pálidos y mudos versos de la luna.
Y estoy, pues, viendo un cielo.
Sí, la veo.
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